ARUTZA ONZAGA
Autora del diseño
SOLEDAD REAL
ELENA LASHERAS PÉREZ
Autora del texto
“No hay paz verdadera mientras la violencia no
desaparezca de las costumbres y siga acosando a las mujeres”
ESPAÑA, 1917 - 2007
Miembro de las Juventudes Comunistas, participó en las
labores de cuidado y acogida a los refugiados de la Revolución de Octubre
en Asturias. Durante la Guerra Civil española se ocupó de la acogida de
los niños huérfanos en familias y del suministro de pan en la ciudad de
Barcelona. Encarcelada durante 16 años por el régimen franquista. Tuvo una
participación activa en el movimiento vecinal y asociativo a través del
Movimiento Democrático de Mujeres y de la Asociación de las Mujeres del
Barrio del Lucero.
Soledad Real nació en el barrió obrero de la Barceloneta, el mismo año de
la huelga general en España en la que su padre, obrero metalúrgico,
participaba. En casa es necesario el dinero para comer y a los siete años
tiene que abandonar el colegio para empezar a coser a domicilio.
La proclamación de la II República abre un nuevo horizonte, el debate que
mantiene en las Cortes Clara Campoamor para conseguir el voto para las
mujeres no pasa desapercibido. Soledad ingresa en el club cultural y
deportivo de su barrio y en las Juventudes Comunistas. En 1934 comienza su
formación en la escuela de cuadros Lina Odena.
En julio de 1936 los militares fascistas dan un golpe de Estado y comienza
la Guerra Civil española. Soledad Real ya tiene 19 años y sabe lo que
quiere: continuar ganándose el pan, el cuidado y defensa de los más
desfavorecidos y seguir con sus estudios. Ella no quería la guerra, quería
que la dejaran vivir en paz.
Participa intensamente en la retaguardia, en su barrio, organizando el
suministro del pan. Colabora también en la reestructuración de los
transportes públicos que habían dejado paralizada la ciudad. La acogida y
colocación en familias de los niños huérfanos es otra de sus labores
durante los tres años que duró la guerra.
En 1941 es detenida y tras veintiocho días de torturas ingresa en la
cárcel de mujeres de Les Corts. En 1944 un tribunal militar la juzga y es
condenada a treinta años de cárcel por un delito contra la seguridad del
Estado. Haber pertenecido a las Juventudes Comunistas es su pecado. En
1957, tras dieciséis años de su vida en la cárcel, queda en libertad
condicional con prohibición expresa de volver a Barcelona. Empieza
entonces a militar en Asociaciones de Amas de Casa, donde continuará su
trabajo, creando en 1980 el Centro Cultural de Mujeres del Lucero de
Madrid, una antigua reivindicación de las mujeres del barrio.
La historia de Soledad Real es la historia de muchas mujeres que
defendieron sus ideales en la retaguardia de una guerra. Mientras ellos
hacían la muerte defendiendo a la República en las trincheras, ellas
cuidaban la vida defendiendo a la República en la retaguardia, sosteniendo
la vida de sus compañeros encarcelados o manteniendo vivos a sus hijos
sorteando la pobreza.
Esas mujeres montaña ocultando a los maquis en los más profundos bosques
con su cuerpo. O escondiendo a los desertores que, como ellas, no querían
matar ni morir. A quienes estaban en peligro de cárcel o muerte o a la
buena gente que huía de un pueblo o de otro (de un bando o de otro) los
escondían en sus propias casas. Y compartían con ellos el pan y la sal.
Ellas no guardaron silencio. Soledad, como tantas otras, no era víctima
escondida sino que pasó a la acción, se puso en juego y se la jugó.
Por este trabajo haciendo paz en la retaguardia, mujeres republicanas
abarrotaron las cárceles franquistas y otras murieron fusiladas. Para
rescatar estas historias olvidadas, tratando de reparar tanta injusticia y
con el deseo de conocerlas y darlas a conocer para poder aprender de
ellas, en 1996, la Librería de Mujeres a la que pertenezco, decidió
organizar una fiesta-homenaje. Se logró reunir a 200 mujeres comunistas,
anarquistas, socialistas que llegaron de todos los rincones de España para
recibir un primer homenaje. Las filiaciones y pertenencias quedaron en un
lugar secundario; todas estaban allí como mujeres que se habían entregado
a una creencia que iba más allá de las ideas o ideologías: defender la
libertad y la vida.
Sole fue una de las mujeres que a partir de entonces empezó a frecuentar
la librería. Aparecía por allí y se sentaba con nosotras en la mesa
camilla donde trabajamos, iba desgranando sus recuerdos, sus pensamientos,
sus convicciones. Mientras la escuchábamos fascinadas, ella nos contaba
los primeros meses de la guerra en Barcelona, cómo las mujeres tomaron las
riendas porque sus hombres estaban en el frente y organizaron el reparto
del pan para que llegara a todas y todos y nadie acaparase. La toma de los
autobuses para que la ciudad no quedara paralizada, la reorganización en
los barrios de las escuelas, la acogida de familias que llegaban huyendo
de las masacres. La huida al acercarse el final de la guerra y la entrada
de los fascistas en Barcelona. Cómo organizaron la salida de los
dirigentes grandes o pequeños y de sus familias, después de ella. La
traición de los franceses que, como muchos de los Gobiernos europeos,
rechazaron a los refugiados y les obligaron a volver a España. La
detención, la tortura, los largos años de cárcel, marcados por la dureza,
y la crueldad pero también por la solidaridad y el compañerismo entre las
presas.
Sole aprendió a ser libre volcándose en la defensa de otros y otras. Si la
tortura en la cárcel humillaba su más íntimo ser, supo encontrar en la
relación con las otras encarceladas y doloridas la complicidad para poder
sobrevivir juntas. Y al salir de la cárcel después de tantos años, la
militancia activa y su Grupo de Mujeres del Barrio Lucero. Y leer,
estudiar, aprender lo nuevo, lo inesperado. Tomar conciencia de que no hay
paz verdadera mientras la violencia no desaparezca de las costumbres,
mientras la violencia siga acosando a las mujeres. Y así fue tejiendo su
nuevo pensamiento feminista y solidario.
Sole fue acusada tantas veces a lo largo de su vida de ser rebelde,
comunista, pobre o roja, que aunque trataban de insultarla, ella se
enorgullecía, convencida cada día más de que estaba en el lado justo. Tan
sólo lamentó y le dolió profundamente la acusación de los hombres de su
partido de ser feminista y defender a las mujeres.
Las conversaciones con Soledad Real en la librería se convirtieron en
momentos únicos, que nos conmovían el corazón. Todas nos quedábamos
calladas y la escuchábamos con atención hablar de la lucha de clases y de
la lucha de las mujeres; del silencio de ellas que, sin dejar de hacer, se
la jugaban por la justicia; el amor a los que parecen menos y que son más.
Todavía, alguna noche de insomnio llena de miedo y desesperanza, oigo sus
voces femeninas y cascadas por la edad cantar entusiasmadas el Himno de
Riego. Oigo la voz de Soledad Real fuerte e intensa, y a la vez llena de
delicadeza, que llega hasta mí desde muy lejos, llena de conocimientos
antiguos y nuevos, y todavía empeñada en pedir lo que puede parecer
imposible, la paz y la justicia en el mundo. Y, reconfortada, renace en mí
la esperanza.