UNOCOMUNICACIÓN
Autor del diseño
SAKENA YACOOBl
ELENA COUCEIRO ARROYO
Autora del texto
“Si la mujer tuviera acceso a la educación y tuviera la
capacidad de tener un pensamiento crítico, nadie abusaría de ella, porque
ella sería capaz de defenderse”
AFGANISTÁN, 1957
Fundadora y presidenta de AIL (Afghan Institute of
Learning – Instituto Afgano de Aprendizaje), una organización sin ánimo de
lucro que trata de proveer de educación a las mujeres y niñas afganas para
que conozcan sus derechos y para contribuir al desarrollo y la paz en el
país. La lucha contra el analfabetismo, que sufre el 72% de la población
afgana, es el objetivo central de sus programas. AIL también desarrolla
servicios de salud y proyectos generadores de recursos (formación en
costura y confección). Por su labor, Sakena Yacoobi ha sido galardonada,
entre otros, con el Premio Peacemakers in Action (Pacifistas en Acción)
del Tanenbaum Center for Interreligious Understanding y el Premio a la
Democracia 2005 de National Endowment for Democracy. Ha sido una de las
1.000 mujeres nominadas al Premio Nobel de la Paz en 2005. También es
miembro del Comité de Presidentes de la ONG estadounidense Creating Hope
International.
“Mi padre nos animaba a aprender y a poner en práctica lo que aprendíamos.
Creo que eso tuvo un enorme impacto en mí”. A tenor de la intensa labor
que realiza su organización en un entorno tan complejo como Afganistán, no
hay duda de la fe inquebrantable de Sakena Yacoobi en la educación como
motor del desarrollo, del reconocimiento de los derechos y, también, de la
paz.
En Estados Unidos, estudió la licenciatura de Biología y un master en
Salud Pública. En el mismo país Sakena ejerció de terapeuta familiar,
asesora de salud y profesora.
En 1992, viajó a Peshawar (Pakistán) a trabajar en los campos de
refugiados afganos. Dirigió el programa de formación de profesorado para
mujeres del International Rescue Committee (Comité Internacional de
Rescate), para el que desarrolló una nueva metodología e innovadores
manuales. Durante el año que estuvo frente a esta iniciativa, se
multiplicó por cinco el número de refugiadas que acudían a las aulas (de
3.000 a 15.000). Pero una vez acabada la guerra con la URSS, la
financiación del programa se redujo drásticamente y Sakena, resuelta a
apostar por la educación de las mujeres como un camino seguro hacia el
desarrollo del país, fundó en 1995 el Afghan Institute of Learning (AIL).
Desde entonces, sus programas educativos, sanitarios y productivos llegan
a unas 350.000 personas al año.
El centro de su apuesta es la formación de profesores. El éxito del método
es tal que AIL, a petición del Gobierno, capacita a los docentes de las
escuelas públicas. Sakena explica: “En la escuela en Afganistán el
aprendizaje se basa en la memorización y hay estudiantes que no saben ni
leer ni escribir” y sostiene que “los sistemas educativos han fracasado
porque no partían de las necesidades de los estudiantes”. En la formación
a los profesores, Sakena apuesta por la enseñanza de métodos interactivos
como “el debate, las piezas teatrales y el fomento de las preguntas”,
además del estudio de casos de temas tabúes como la violación o el
incesto. En los manuales destinados a los profesores, AIL los anima a
enseñar estrategias de resolución de conflictos y habilidades
comunicativas, inculcar el respeto, fomentar la asertividad y explicar los
derechos humanos recurriendo a casos o ejemplos prácticos.
El método educativo diseñado por AIL, con el objetivo principal de
erradicar el analfabetismo y promover el pensamiento crítico, es
interactivo y se desarrolla en función de las comunidades en las que se
implanta. La puesta en marcha de sus programas ha de partir de la demanda
de las comunidades y la colaboración estrecha de los líderes locales para
tener éxito. “A las comunidades les pregunto qué pueden hacer dentro del
proyecto y comentan que pueden poner el techo, o alguien puede ser el
conserje o guarda de seguridad. Puede parecer poco, pero es mucho porque
es la manera de que pongan su contribución y es muy importante porque,
como les digo, éste es su programa, no es nuestro”. En el caso de los
programas de salud, AIL dispone de clínicas que ofrecen “planificación
familiar y educación sanitaria”.
La presidenta de AIL no oculta el orgullo que siente por el impacto de su
trabajo: “Los pacientes de las clínicas gozan de mejor salud, de hábitos
higiénicos, tienen menos hijos… Las comunidades en las que empezamos a
trabajar nos piden un programa de alfabetización, porque han estado en
otros pueblos y han visto que nuestro programa ha cambiado la vida de las
personas porque tienen más ingresos y los niños van a la escuela. Las
mujeres que han participado en los programas nos cuentan que sus maridos
no les pegan más, porque las capacitamos en derechos de la mujer, es un
tipo de educación para la paz”. El cambio en la vida de las mujeres es
mayúsculo, especialmente porque, según Sakena, las mujeres “curan sus
heridas después de haber sufrido la violencia y la guerra y, además,
tienen esperanza en el futuro”.
Precisamente la esperanza en un futuro mejor es lo que mueve a AIL a
educar a las afganas. En uno de los países más inestables del mundo,
Sakena no duda en considerar que “los terroristas suicidas, los
secuestros, los abusos a mujeres, la muerte de inocentes, todo eso se debe
a una falta de educación. Si tuvieran acceso a la educación, comida y
salud, los afganos no recurrirían a estas cosas. La educación tiene un
vínculo estrecho con la pobreza y con la guerra”. Centrar el esfuerzo en
las mujeres permite, a juicio de AIL, mayor garantía de trasformación
social pues, como subraya Sakena, “una vez una mujer cuenta con educación,
se asegurará de que sus hijos también la tengan”. Por otro lado, la
prioridad de las mujeres en los programas de AIL es de justicia: “Desde la
guerra, las mujeres afganas han sufrido abusos, sus derechos les han sido
arrebatados. Así que les damos a conocer sus derechos para que los
defiendan. Algunas mujeres se han visto obligadas a casarse muy jóvenes
porque no son conscientes de que pueden elegir con quién casarse”. Durante
la época de los talibanes, esta labor de enseñar a las mujeres a escribir,
leer y defender sus derechos hubo de realizarse en escuelas clandestinas
que ofrecían todos los cursos de educación básica: “No era algo fácil,
pero por la demanda de la gente acudíamos a las comunidades”. La líder de
AIL sabe que su actividad entraña graves riesgos, aunque nunca ha sido
atacada: “Todos los días mi vida y mi programa están amenazados, pero si
tienes un objetivo y trabajas desde el corazón tu vida no significa
mucho”. Eso sí, esta mujer luchadora responde a aquellos que consideran
que AIL representa una amenaza al Islam que ella es musulmana y que esta
religión es “democrática, reconoce los derechos de las mujeres, reconoce
que han de ser tratadas con amabilidad y en igualdad”.
Sus programas no sólo se dirigen a chicas y mujeres. En 2002, miembros de
AIL que se dirigían a una comunidad fueron detenidos por unos chicos
armados que les espetaron: “Ofrecéis educación a las chicas y niñas, pero,
¿nosotros qué? Sólo tenemos estas armas. Sólo matamos, no podemos hacer
otra cosa”. Desde entonces, AIL también ofrece “programas de
alfabetización y formación para la paz”, subraya Sakena, que han
contribuido a formar a “buenos ciudadanos”.
Frente a las afirmaciones de que en Afganistán hay una democracia, Sakena
Yacoobi se muestra muy crítica: “¿Cómo puede ser una nación democrática si
el pueblo de esta nación no sabe leer ni escribir? ¿Cómo puedes
implementar una democracia si la gente no conoce sus derechos? No podemos
hablar sólo de democracia, tenemos que preparar a la gente para ella”.
Cuando se le pregunta cómo ve su país en 10 años, Sakena responde: “Si nos
podemos librar de la ignorancia y de que los afganos y afganas sean
borregos que hacen lo que dice un líder, sería maravilloso. Tengo el
privilegio de ayudar al pueblo afgano para forjar un nuevo Afganistán.
Trabajo para eso y espero estar viva para verlo”.