UNOCOMUNICACIÓN
Autor del diseño
ROSALlNDA TUYUC
MERCÈ RIVAS TORRES
Autora del texto
“Nos levantamos de las cenizas de las masacres para
buscar soluciones”
GUATEMALA, 1956
Maya guatemalteca, inició su actividad social con un
grupo de jóvenes cristianos de la Parroquia del Sagrado Corazón de
Chimaltenango en los años setenta. Diez años más tarde, los militares
secuestraron y asesinaron a su padre y a su marido dejándola al cargo de
dos hijos, de año y medio y once meses. En estos momentos además de
presidir la Coordinadora Nacional de Viudas Indígenas de Guatemala
(CONAVIGUA) preside la Comisión Nacional de Resarcimiento.
“Los indígenas somos la mano de obra barata y quienes dimos los muertos.
No buscamos venganza sino justicia”. Estas palabras son de Rosalinda,
mujer de pequeña estatura pero con una energía de gigante. Comenzó a
trabajar con otras viudas que estaban en similar situación. “No teníamos
nombre”, comenta, “simplemente éramos mujeres que buscábamos ayuda en
iglesias, municipios y delegaciones internacionales”.
Y así nació CONAVIGUA, la Coordinadora Nacional de Viudas de Guatemala,
cuya presidenta es Rosalinda. Su misión es trabajar con las mujeres
viudas, casadas y solteras en distintas comunidades lingüísticas del
pueblo maya, brindándoles orientación, capacitación, asesoría y
acompañamiento para la defensa de sus derechos como mujeres y como seres
humanos.
Guatemala ha sufrido una de las guerras internas más largas de América
Latina (a excepción de Colombia), que duró 36 años en los que se
cometieron masivas violaciones de los derechos humanos. “Las peores
matanzas fueron entre 1979 y 1983 y la mayoría de ellas cometidas por las
Fuerzas Armadas”, recuerda Tuyuc. “Los antropólogos no tienen dudas de que
fueron masacrados, se encontraron cadáveres amarrados en grupos que
presentaban señales de haber sido ahorcados con torniquetes”, informaba en
esos días el Procurador de Derechos Humanos a la BBC de Londres.
“Vivíamos con miedo, persecución y amenazas. Y eso nos hizo más fácil
organizar a las mujeres indígenas, además teníamos que proteger a nuestros
hijos del reclutamiento forzoso”, explica Rosalinda. Y añade: “Para
CONAVIGUA y para todos los pueblos indígenas era muy importante luchar
contra el reclutamiento forzoso, fue uno de nuestros objetivos. Pero eso
no se consiguió hasta la firma de los Acuerdos de Paz”.
“Recuerdo que en esos días el párroco de mi ciudad me dio la oportunidad
de tocar la Biblia, porque en ese entonces las mujeres no podíamos tocarla
ya que los catequistas decían que teníamos mucho pecado”. Para el Obispo
de Guatemala, Gerardo Flores, lo que “era una auténtica situación de
pecado era que en Guatemala el 2,5% de la población sea la propietaria del
82% de las tierras cultivables, mientras que el 60% de la población vivía
en la pobreza o en la pobreza extrema”.
Cada 25 de febrero, centenares de familias conmemoran el Día Nacional de
las Víctimas del Conflicto Armado. Esa fecha coincide con el día en que la
Comisión para el Esclarecimiento Histórico, Verdad y Justicia presentó su
informe sobre las violaciones de derechos humanos ocurridas durante el
conflicto bélico, que recogía más de 6.000 testimonios de las víctimas.
Este informe fue el punto de partida en la lucha contra la impunidad y por
esto el obispo Gerardo Flores, que lideró el proceso, fue asesinado
brutalmente días después. La mayoría de viudas e hijas de campesinos
asesinados que participan en la conmemoración llegan con flores rojas en
la mano hasta el centro histórico de la capital. Además de exigir justicia
para los responsables del genocidio, los manifestantes piden al
Parlamento, año tras año, que apruebe de una vez las ayudas económicas a
los familiares de las víctimas causadas por el Ejército. Y ahí está
siempre, con su vestimenta indígena de vivos colores y cabello recogido en
una trenza, la pequeñita gran mujer Rosalinda, junto a sus compañeras de
lucha. “La mayoría de los que estamos acá no tenemos un lugar donde
depositar una flor, porque no sabemos dónde fueron enterrados, dónde
fueron tirados todos los cadáveres de hombres, mujeres, ancianos y niños
que fueron asesinados”.
En el informe de la Comisión para el Esclarecimiento Histórico, Verdad y
Justicia se afirma que el Ejército fue el responsable del 96% de las
violaciones y cuantificó 630 matanzas colectivas, principalmente de
indígenas. Ése fue el balance: 200.000 muertos, 45.000 desaparecidos y más
de 50.000 viudas y huérfanos. “Los familiares de las víctimas”, asegura
Tuyuc, “nos levantamos de las cenizas de las masacres para contribuir a la
búsqueda de soluciones a los problemas de la pobreza, educación, salud y
desarrollo del país pero el Estado no ha cumplido con la parte que le
correspondía. Así como éste invirtió mucho para luchar contra las
comunidades, creo que ahora es importante invertir en la reconstrucción
del tejido social”, afirma con una suave voz pero con mucha seguridad.
Orgullosa de pertenecer a una cultura milenaria, se siente satisfecha de
poder trabajar para un país de 12 millones de habitantes, de los cuales
más de la mitad son indígenas. Fue candidata al Premio Nobel de la Paz
2005. “Hemos conseguido cosas positivas para las mujeres indígenas,
estamos mejor organizadas, conocemos nuestros derechos económicos,
políticos o culturales pero seguimos teniendo problemas para acceder a la
justicia, a la salud y estamos siempre expuestas a sufrir discriminación”,
añade con ojos tristes.
En su largo recorrido, Rosalinda llegó a conseguir un escaño en el
Parlamento por el Frente Democrático Nueva Guatemala, pero salió bastante
desengañada: “En el Congreso no hay conciencia social ni de género. Hay
muy poco compromiso por parte de los diputados”.
Aunque cree que Guatemala va encaminándose lentamente hacia el
fortalecimiento de la democracia, piensa que “no es fácil superar las
consecuencias de la guerra; la violencia que golpea día a día a los
guatemaltecos, especialmente a las mujeres, son las secuelas y traumas que
no se superan, principalmente porque los Acuerdos de Paz no lograron una
nueva estructura de país, no se logró la desarticulación del ejército, y
no se lograron cambios en los partidos políticos ni hubo cambios en las
estructuras del Estado”. Denuncia a día de hoy “los desalojos violentos,
las muertes extrajudiciales, las amenazas de muerte, la extracción de
minerías en áreas que deberían ser reservas protegidas, que desplazan
comunidades enteras para robar oro, plata, petróleo y otros minerales”.
Con voz suave pero orgullosa habla de los mayas, aztecas, mexicas,
aymaras, quechuas, mapuches, vibris y otros, “que durante siglos han
desarrollado una gran conexión y armonía con la madre naturaleza,
respetando y desarrollando una ciencia con filosofía, arquitectura,
agricultura, matemática”.
“Las culturas de nuestros pueblos son una gran reserva de la humanidad
aunque la cultura occidental no los valore ni los tome en cuenta”, añade
con fuerza. Contraria a las guerras, el consumismo, la ambición o la
violencia dice buscar en su vida y en la de los suyos armonía, respeto y
solidaridad.