UNOCOMUNICACIÓN
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RlGOBERTA MENCHÚ
ROSA SALGADO
Autora del texto
“Los indígenas hemos sabido escoger y luchar por lo que
nos corresponde”
GUATEMALA, 1959
Fue galardonada en 1992 con el Premio Nobel de la Paz.
También recibió en el año 1998, junto a otras seis mujeres activistas por
los derechos humanos, el Premio Príncipe de Asturias de Cooperación
Internacional que se concede en España. Ha sido la primera mujer indígena
candidata a la presidencia de Guatemala en 2007. El padre de Rigoberta
Menchú, Vicente Menchú, murió calcinado en el asalto de la policía
guatemalteca a la Embajada de España en el año 1980.
La niña Rigo se hizo grande en la solidaridad que da el hambre y la
enfermedad. En la tierra de los sabios mayas, sus hijos incondicionales
que cultivan el maíz, con sangre sudor y lágrimas. Es necesario tanto
esfuerzo y sacrificio, por el hecho de no tenerla, porque es la tierra
arrebatada, la vida sin la vida. La ceremonia de la injusticia tenaz.
Aprendió desde el vientre de Juana Tum que la tierra es la madre del
hombre porque le da de comer. Sin embargo tuvo que probar el fermento
abrasivo de la cal mezclada con olote (parte dura del maíz) previamente
podrida, cocida y transformada en tortilla, cuando la tierra se empeñaba
en no dar a sus hijos su alimento.
También supo que al café hay que tratarlo como a un herido, con
delicadeza, con ternura, grano a grano, sin romper ni una sola rama porque
el que la rompe la paga. Y sintió en sus carnes lo que es el frío sin
techo, el huipil (la ropa) pegado a la piel y la oscuridad de las noches
sin candela. De fondo, escuchaba las palabras de Vicente Menchú y Juana
Tum recordándole que los indígenas y sobre todo las mujeres nunca
consiguen lo que ambicionan; no hay posibilidad de tener lo anhelado.
Pero Rigoberta quería aprender a leer y escribir y a hablar castellano,
intuía que se puede ser diferente, que necesitaba comunicarse con los
demás, incluso con aquellas etnias vecinas que hablaban otra lengua
distinta a la suya. Pensaba que a través de la lectura conocería a los
otros, a los que no eran “diferentes” como lo era ella dentro en su propio
país.
Pero entonces aparecía en su cabeza la música de papá y mamá diciéndole
que otros ya habían aprendido y no habían sido útiles a la comunidad, que
no había nadie que le pudiera enseñar y que se alejaría de los suyos. Una
música celestial para una mujer reluciente como recién salida del temascal
(casa baja de adobe típica en Centroamérica donde se toman baños de
vapor), decidida a luchar por los derechos y la dignidad de los indígenas
en Guatemala. Por sus hombres y mujeres. Por que las madres no tuvieran
que “regalar” a sus hijos e hijas a los terratenientes para trabajar las
fincas de los hacendados, sin salario y sin límite. Vidas “regaladas” que
difícilmente llegaban a los 15 años.
Las mujeres y los niños de su comunidad fueron los primeros que escucharon
a Rigoberta. Les enseñaba cómo defenderse de los terratenientes, de los
soldados y pedir lo que era suyo.
Más tarde llegó el dolor y la necesidad de ayudar a sus amigas violadas
por miembros del ejército, la defensa de aldeas vecinas y por fin formar
parte del Comité de Unidad Campesina junto a su padre, que acababa de
salir de la cárcel. Y sobre todo, comenzaba una caminata larga y ardua
para alcanzar aquellos sueños por los que nadie hubiera apostado y que en
1979 Rigoberta Menchú decidía perseguir.
Siguió el camino de la comunicación con los demás para poder llegar a
todos. Aprender otras lenguas mayas, castellano, a leer y escribir fue su
objetivo por mucho tiempo y su único equipaje por todas las aldeas, fincas
y departamentos. Hasta que lo consiguió y se hizo su propio hueco en una
organización integrada en su mayor parte por hombres indígenas y ladinos
pobres.
Empezaron las huelgas, las manifestaciones y la lucha de todos los
campesinos. Unidos tenían que buscar la raíz de sus problemas y juntos
buscar la solución. Luchar contra los muros de las propias lenguas
indígenas, contra los prejuicios, contra la discriminación y sobre todo
contra la pobreza le hizo reflexionar sobre lo común y lo que se puede
compartir y descubrió que todos y todas eran de maíz y que su experiencia,
entonces su único petate, contribuía a la esperanza.
Pero pronto descubrió también la otra cara de la entrega, de la
solidaridad y del combate por los derechos de los pueblos excluidos. La
tortura hasta la muerte pasó muy cerca, tanto, que se llevó a un hermano.
Conoció los castigos públicos, los secuestros, el asesinato. La impunidad.
La muerte de su padre en el asalto por parte de la policía y el ejército
guatemalteco a la Embajada de España en 1980 le reafirmó en que la
decisión que había tomado de luchar por su pueblo era inquebrantable. Se
mantuvo fuerte ante una muerte más dura que la de su padre. Su madre Juana
Tum fue secuestrada, torturada, violada y asesinada tras una larga agonía.
Después los zopilotes, aves carroñeras, y otros animales se comieron su
cuerpo. Sólo cuando ya no había nada, los soldados abandonaron los
alrededores del árbol en el que estuvo atada.
Con las maletas llenas de horror por estos brutales asesinatos sufridos en
propia carne, el exilio era la única salida ya que Rigoberta era buscada
por los mismos asesinos que perpetraron estas matanzas. Aun así no se dio
por vencida y no se instaló en México a gozar de la notoriedad que
empezaba a despuntar. Intentó la vuelta a Guatemala en dos ocasiones pero
tuvo que salir corriendo. En una de ellas incluso fue encarcelada.
Llamar a puertas, hacerse escuchar y continuar con las reivindicaciones de
los pueblos indígenas ha sido su trabajo a lo largo de más de 20 años. El
reconocimiento a estos pueblos, a los que dio voz y presencia en el mundo,
le llegó a través del Premio Nobel de la Paz en el año 1992, coincidiendo
con el 500º aniversario del primer viaje de Colón a América. En ese
momento más de 150.000 personas habían sido asesinadas y había 50.000
“desaparecidas” en Guatemala; miles se habían convertido en refugiados. 40
años duró la guerra civil. Los Acuerdos de Paz no se firmaron hasta 1996.
Bien conoce Rigoberta Menchú que las puertas que cuesta tanto abrir se
pueden cerrar con el dedo de una mano. Se podría comparar con la tierra de
la que ella se siente nacida por cultura y unida por convicción. La tierra
que los indígenas trabajan con tanto sudor se la llevan los terratenientes
con mucha impunidad.
Las puertas de la Audiencia Nacional en España se abrieron cuando en el
año 2000 presentó una querella contra cinco militares y dos civiles
guatemaltecos, por el genocidio perpetrado entre 1962 y 1996 en su país.
Sin embargo en 2007 el Gobierno guatemalteco le volvió a dar la espalda
cuando la Corte de Constitucionalidad, el máximo tribunal de justicia de
Guatemala, dejó sin efecto el proceso judicial abierto por la justicia
española.
La vergüenza de la injusticia seguramente ha sido una de las poderosas
razones que le han hecho recorrer otro camino: el también complicado e
incluso violento en muchas ocasiones en Guatemala camino de la política. Y
esta vez la puerta se quedó cerrada, una vez más. A pesar de la ser la
primera mujer indígena que era candidata a la presidencia de su país, no
lo consiguió. Guatemala y Menchú se perdieron mutuamente.
Es difícil para una mujer indígena quiché, activista de los derechos
humanos, que ha vivido de cerca la matanza de gran parte su familia, que
ha sido humillada, perseguida, encarcelada, exiliada, premiada, reconocida
y apoyada internacionalmente, luchar y vivir entre dos mundos: el que
acepta su huipil, su vestido, como el símbolo de los derechos de los
pueblos indígenas y el de los que sienten que su huipil ha volado lejos.