UNOCOMUNICACIÓN
Autor del diseño
ELlSABETH LlRA KORNFELD
MERCÈ RIVAS TORRES
Autora del texto
“Reintegrar a las víctimas a la vida social y familiar
fomenta las relaciones de paz”
CHILE, 1944
Licenciada en Psicología por la Universidad Católica de
Chile en 1971. Su trabajo educativo con organizaciones campesinas se
inició durante sus estudios universitarios y, tras el golpe de Estado de
Pinochet, orientó su actividad a ayudar a las víctimas ofreciendo apoyo
psicológico para mitigar el dolor y favorecer su reintegración en el
entorno familiar y social. Ha trabajado en prestigiosas organizaciones
como el Instituto Latinoamericano de Salud Mental y Derechos Humanos y la
Comisión Nacional sobre Prisión Política y Tortura. Actualmente es
directora del Centro de Ética de la Universidad Alberto Hurtado así como
miembro del Consejo Superior de la Facultad Latinoamericana de Ciencias
Sociales (FLACSO).
Elisabeth recuerda con pasión los años setenta: “Eran tiempos de cambio
social y político en Chile. Era emocionante observar cómo la mayoría de
nuestros alumnos aprendía a leer, a pensar sobre el país y empezaba a
reflexionar sobre su lugar en esa historia. Se discutían las ideas
políticas y sus consecuencias y se podía analizar sus propias opciones
políticas en un ambiente de pluralismo y respeto, a pesar de que en el
país se iba construyendo un conflicto social que escalaba y se polarizaba
políticamente”.
Pero rápidamente pasa a analizar su trabajo: “Encontrarse en un recinto
secreto y ser torturado constituye una situación límite. Maniatado,
vendado, enfrentando una amenaza radical a su integridad física y
psíquica. La tortura se caracteriza por la degradación y deshumanización
máxima. Por otra parte los que golpean, aplican electricidad, cuelgan,
insultan y asfixian son también seres humanos. El torturador ha necesitado
destruir una parte de lo humano de sí mismo para poder destruir a su
semejante. Ambas partes constituían una representación dramática del
conflicto social existente en esos momentos en Chile y sus resultados
fueron catastróficos”, analiza Elisabeth Lira.
Reconstruye aquel fatídico 11 de septiembre de 1973 diciendo: “El golpe de
Estado implicó la intervención de la Universidad Católica por un rector
delegado de la Junta militar, quien determinó el cierre del Centro de
Estudios Agrarios, así como el despido de numerosos académicos. La mayor
parte de nuestros alumnos campesinos fueron detenidos y algunos
desaparecieron. Otros estuvieron presos durante varios años, algunos
fueron ejecutados o partieron al exilio”.
Esa situación definió su trabajo futuro. Se involucró en las redes
solidarias que se establecieron para proteger la vida de las personas
perseguidas por sus ideas y su participación política. Entre estas
personas se encontraban muchos de esos campesinos. Algunos años después, a
finales de 1977, empezó a trabajar como psicóloga clínica en una
institución de derechos humanos, la Fundación de Ayuda Social de las
Iglesias Cristianas (FASIC), prestando asistencia psicológica a personas
que habían sido torturadas, a familiares de detenidos desaparecidos y
ejecutados políticos y a familias que salían al exilio. “Se trataba de
personas torturadas de todas las clases sociales, de familiares de
personas que fueron ejecutadas, de personas, especialmente mujeres, que
buscaban infructuosamente a sus parientes cercanos que habían sido
detenidos y de quienes se había perdido su rastro”, relata.
Algunas de esas familias habían recibido amenazas, habían sido denigradas
y estigmatizadas públicamente en algunos lugares, especialmente en pueblos
y localidades pequeñas, y experimentaban gran impotencia ante la
injusticia que se cometía con sus vidas y las de sus familiares. El miedo
se había extendido ampliamente en toda la sociedad. “Gran parte de
nuestros conocimientos parecían naufragar ante esas situaciones que
generaban demandas muy diversas y superaban nuestros recursos. Por eso
nuestro esfuerzo constante fue documentar nuestro trabajo para aprender,
para lograr mejores resultados”, explica con cierta impotencia.
Trabajó en el Instituto de Salud Mental y Derechos Humanos (ILAS), una
organización no gubernamental cuyo objetivo es proporcionar atención en
salud mental a aquellas personas que se vieron afectadas directamente por
las violaciones a los derechos humanos durante la dictadura chilena (1973-
1990). Posteriormente se incorporó a la Universidad jesuita Alberto
Hurtado, para investigar sobre la reconciliación política en Chile, sin
dejar por completo el trabajo con equipos de psicólogos de diferentes
países sobre tratamiento de víctimas.
Su trabajo principal desde entonces ha sido investigar y escribir sobre la
reconciliación política en Chile desde una perspectiva histórica y
política, junto con el politólogo Brian Loveman de la Universidad Estatal
de San Diego. Han trabajado sobre la Historia de Chile desde la
perspectiva de los conflictos políticos, incluyendo las políticas de
verdad y reparación así como las políticas de impunidad como condición
para la paz social, implementadas en el país desde el siglo XIX. También
están analizando las actuaciones del poder judicial en relación con esos
conflictos, especialmente durante y después del régimen militar.
“La participación en las redes solidarias al comienzo del régimen militar,
así como la atención clínica de las víctimas fue lo más importante de mi
trabajo por la paz durante algunos años”, valora Elisabeth Lira. “Proteger
la vida y posibilitar la reintegración de las víctimas a sus familias y a
la vida social en las mejores condiciones emocionales posibles no
solamente recuperaba las personas, influía también sobre el tejido social
y en las redes solidarias generando prácticas de convivencia y cooperación
entre personas y grupos. Y esto es”, dice Lira, “fundamental en las
relaciones de paz y en la vida democrática”.
La denuncia de académicos y científicos dentro y fuera del país tenía
importancia para incidir sobre distintos sectores y detener las
violaciones de derechos humanos. Por eso declaró como testigo profesional
en 1979 en Nueva York, no sin miedo en aquel momento a las eventuales
consecuencias represivas que se pudieran llevar a cabo.
Se siente orgullosa de haber participado en distintas instancias públicas
que han contribuido a la paz en Chile. “Participé como testigo profesional
en la acusación constitucional contra Augusto Pinochet en la Cámara de
Diputados de Chile. La acusación fue rechazada finalmente, pero los
testigos que declaramos dejamos constancia de las consecuencias de la
dictadura, entre ellas del miedo que había asolado la convivencia
nacional”.
Elisabeth Lira participó en la Comisión Nacional sobre Prisión Política y
Tortura entre 2003 y 2005 para identificar a las víctimas sobrevivientes
de la tortura y asegurar formas de resarcimiento por parte del Estado. Se
recibieron más de 36.000 denuncias y fueron calificadas cerca de 28.000
personas como víctimas efectivas de la política represiva del régimen
militar. Dice que le da fuerza el mantener la esperanza de “que podemos
contribuir al cambio de la situación, constatar que las familias y
personas atendidas encontraban formas para vivir mejor a pesar de sus
circunstancias”.
Considera su mayor logro “la investigación sobre la reconciliación
política en Chile. La reconciliación que se proponía se fundaba en que las
víctimas renegaran de la experiencia de haber sufrido violencia y abuso (y
la olvidaran) y que muchos renegaran de sus ideas y proyectos sociales y
políticos como si la paz social fuera el resultado del silencio de todas
las víctimas y de todos los que de una u otra manera se identificaran con
ellas”. Pero para Elisabeth Lira así no se podía funcionar, “como si no
hubiera existido el dolor de miles, especialmente porque para muchos esas
experiencias fueron traumáticas y por ello, imborrables. Si las víctimas
reclamaban sus derechos, a juicio de diversos sectores, amenazaban la paz
social. Si las víctimas reclamaban justicia, amenazaban la estabilidad y
el cambio político alcanzado. ¿Cómo entender la propuesta de
reconciliación política después de la represión y la muerte?”, se
preguntaba en esos momentos.
Sueña que “los seres humanos podamos vivir en paz, sin guerras y sin
miseria. Con un creciente sentido de dignidad personal en todos los
rincones del planeta. El sentido de la propia dignidad y el reconocimiento
de la dignidad del otro es la condición más importante de la convivencia
en paz en las familias y en la sociedad”.