UNOCOMUNICACIÓN
Autor del diseño
ELlSABETH ElDENBENZ
MANUELA MESA PEINADO
Autora del texto
“Mi mayor satisfacción es que la maternidad se convierta
en una isla de paz en medio del infierno de la guerra; en una bombona de
oxígeno para tirar hacia delante, para seguir viviendo”
SUIZA, 1913
Maestra en Suiza y Dinamarca. Voluntaria de la
Asociación de Ayuda a los Niños Víctimas de la Guerra, colaboró en la zona
republicana en labores de ayuda humanitaria en la Guerra Civil española.
Ha sido galardonada por el Gobierno de Israel por su labor a favor de los
judíos: en 2002 recibió la medalla de los Justos entre las Naciones.
Elisabeth Eidenbenz nació en Suiza y fue maestra en escuelas de Suiza y
Dinamarca. Ella era una joven con ideales, que formaba parte de los
movimientos sociales de la época que observaban con inquietud la
destrucción de la población civil española y el avance del fascismo, que
pocos años después se extendería por Europa. En Suiza muchas
organizaciones sociales se reunieron para preparar una acción conjunta de
ayuda a los republicanos españoles. Se organizó una recogida masiva de
alimentos, ropa, zapatos y dinero para comprar artículos de uso diario.
Con todo el material se llenaron cuatro camiones que, junto con los
voluntarios, viajaron a España en abril de 1937. Elisabeth Eidenbenz se
encontraba entre estos voluntarios que llegaron a España en plena Guerra
Civil española para realizar tareas humanitarias en las zonas
republicanas. Fueron dos años de guerra y destrucción que acabaron con el
triunfo del fascismo y la huída de miles de personas que a través de la
frontera francesa trataban de ponerse a salvo. Los caminos y carreteras
que conducían a Francia se llenaron de personas que huían en medio de la
nieve y el frío, sin comida ni ropas adecuadas. Las largas caminatas y las
duras condiciones provocaron que centenares de personas murieran por el
camino. Al llegar a Francia, los refugiados fueron albergados en campos de
concentración en Argelès, Saint-Cyprien y Barcarès. Las condiciones de
vida en estos campos eran muy duras. Los campos no tenían ninguna
infraestructura; no había ni barracones, ni agua, ni letrinas, ni cocinas.
Tan solo alambres de espino, arena y mar.
Las mujeres embarazadas eran conducidas a los establos de las Hares, donde
con una total carencia de garantías sanitarias, en medio de los
excrementos y la paja, nacías los bebés. A continuación, madre e hijo eran
devueltos al campo de concentración sin establecer ningún protocolo de
postparto que asegurara unos mínimos de supervivencia a los recién
nacidos. Pero las bajas temperaturas y la falta de agua potable para
preparar los biberones sentenciaban a los recién nacidos a una muerte
segura. Se morían de frío y de hambre. El 90% de los niños que nacieron en
los campos murió.
Cuando la Asociación de Ayuda a los Niños de la Guerra propuso a Elisabeth
ocuparse del servicio maternal, ella aceptó sin vacilar. Era la única que
hablaba español y a pesar de que no tenía conocimientos de puericultura
sentía que tenía que colaborar de alguna manera. No fue una tarea fácil.
Primero hubo que buscar un lugar para instalar la maternidad. Finalmente
encontraron un caserón deshabitado y muy próximo a Argelès. La casa se
encontraba en muy mal estado y hubo que rehabilitar el inmueble. Con gran
esfuerzo, Elisabeth consiguió 30.000 francos suizos de la Asociación, lo
que le permitió reparar el tejado y habilitar tres plantas. Después hubo
que obtener el permiso de apertura: “Con un compañero periodista
fotografiamos el estado lamentable de las mujeres embarazadas a punto de
parir entre la paja de los establos. Cuando pedimos permiso para abrir la
maternidad, aquellas fotos intimidaron al prefecto que tenía miedo de que
en Europa se conociera cómo trataba Francia a los refugiados españoles.
Justo al día siguiente, teníamos la autorización”, cuenta Elisabeth.
Finalmente en diciembre de 1939, la Maternidad de Elna abría sus puertas.
En los primeros años se mantuvo gracias a las donaciones voluntarias que
llegaban de Europa.
“Los años de la maternidad han sido la etapa más importante de mi vida”
afirmaba. Ella nunca había visto nacer un niño y recuerda con emoción el
primer nacimiento en Elna, una niña que se llamaba Pepita. “Cada
nacimiento era una aventura muy emocionante para todas nosotras. Aun en
esas circunstancias tan terribles, el nacimiento de un niño era una
experiencia maravillosa”.
Para las mujeres embarazadas Elisabeth fue como un ángel bajado del cielo
en medio del infierno. Ella era una mujer afectuosa y cordial, que acogía
a las mujeres que iban llegando, cuatro semanas antes del parto, y volvían
al campo cuatro semanas después. Cuando era posible las estancias se
alargaban, y también se acogían a los hijos de las parturientas, que
durante la estancia se recuperaban físicamente de los estragos sufridos.
Tras el comienzo de la II Guerra Mundial, empezaron a llegar refugiados de
Francia y el resto de Europa. Principalmente eran mujeres judías que huían
de la ocupación nazi. Ante la falta de fondos y el aumento de nacimientos
tuvo que pedir el apoyo de la Cruz Roja para seguir con su actividad. Pero
esto implicó que tenía que seguir los principios de neutralidad propios de
la institución y esto le impedía acoger a refugiados políticos, sobre todo
judíos. Sin embargo, esto no la detuvo, sino que decidió falsear la
identidad de gran parte de ellos con el fin de burlar estas leyes. Fue muy
hostigada por la Gestapo, pero ella buscaba los caminos para sortear sus
ataques.
La logística de la maternidad estaba asegurada mediante el suministro
periódico de alimentos y material, traído desde Suiza en camiones de la
organización, que aprovechaba los corredores sanitarios abiertos por la
Cruz Roja Internacional en el contexto de la II Guerra Mundial. La
maternidad logró mantenerse hasta 1944, en el que fue clausurada por el
ejército alemán.
Cuentan que Elisabeth tenía mucho carácter. Cuando llegaban los gendarmes
buscando a una madre que ya había parido para devolverla al campo, si ella
veía que todavía no estaba en condiciones, los echaba a gritos diciendo:
“Esto es Suiza”. Ella tenía un estilo muy personal que favorecía muy buen
ambiente. Le daba gran importancia a aspecto emocional, y por esto
preparaba pequeñas celebraciones en días concretos, que eran como un sueño
para las que se alojaban allí.
En la maternidad del Elna nacieron alrededor de 597 niños, que se salvaron
de una muerte casi segura. Elisabeth no estaba sola, algunas personas le
ayudaban. Pau Casals, músico de El Vendrell considerado uno de los mejores
violonchelistas de todos los tiempos y nominado al Premio Nobel de la Paz
por su activismo pacifista, enviaba dinero a las madres que parían en la
maternidad de Elna. Esta mujer de apariencia menuda y frágil defendió
enérgicamente el derecho a la vida de casi 1.200 personas entre madres e
hijos.
Ahora vive retirada en su casa entre los bosques de Viena. Desde allí
afirma con rotundidad: “Me llamaron y fui. No me lo pensé mucho. Ha sido
una suerte poder hacer lo que había que hacer”. Su historia está llena de
vida y de esperanzas en el género humano. Y por esto muchos de aquellos
niños que nacieron allí son los que han ayudado a recuperar la historia de
Elisabeth y de la maternidad.