ANTONIO SERRANO BULNES
Autor del diseño
ARUNDHATl ROY
SEPIDEH LABANI
Autora del texto
“Otro mundo no es solamente posible, sino que está de
camino. Quizás muchos y muchas no estaremos para darle la bienvenida, pero
en un día muy tranquilo, si escucho con mucha atención, puedo oír su
respiración”
INDIA, 1961
Arundhati Roy es arquitecta de formación. Ha trabajado
para la televisión y la industria del cine en la India, antes de ser
reconocida internacionalmente como escritora con su primera novela El dios
de las pequeñas cosas (1996), por la que recibió varios premios y que fue
aclamada por las criticas literarias internacionales. Es activista y
portavoz del movimiento altermundialista de su país y es muy crítica con
los problemas políticos y sociales que generan los procesos de
globalización en la India y también en el mundo. En el año 2004 recibió el
Premio por la Paz de Sydney en reconocimiento por sus campañas sociales y
su defensa de la no-violencia.
Lo primero que leí de la obra de Arundhati Roy fue la transcripción de la
conferencia que dio en Santa Fe el 18 de septiembre del 2002. La
conferencia se titulaba “Llega Septiembre” (Come September) y en ella
denunciaba los efectos devastadores del neoimperialismo y de la
globalización y nombraba sin contenerse a sus responsables. Denunciaba el
holocausto nuclear, la guerra contra el terror, las grandes corporaciones
y la ocupación israelí de Palestina. A medida que iba leyendo el discurso
me hundía en la profundidad de sus palabras, en la fuerza de sus ideas y
en la sencillez con la que las expresaba. Eran como fuertes golpes en la
conciencia. Al terminar el texto, me sorprendí aplaudiendo con una viva
emoción, sola en mi despacho, frente al ordenador. Me imaginé entonces a
la cantidad de personas que esta escritora ha tenido que conmover,
movilizar, pero también molestar y enfadar. Antes de empezar su
conferencia en Santa Fe, Arundhati advierte que va a leer sus notas porque
las cosas que quiere expresar son complicadas, cosas peligrosas en estos
tiempos peligrosos y por lo tanto hay que ser muy precisa, escoger bien lo
que se va a decir, pensar en la manera decirlo y en el lenguaje utilizado.
Arundhati es consciente del poder de la palabra porque es escritora. Su
primera novela, El dios de las pequeñas cosas, fue publicada en 1996 y
tuvo un éxito internacional. Constituía una denuncia de los sistemas de
opresión de las castas en la India y del machismo, a través de la historia
de dos gemelos de siete años y de su madre divorciada que se enamora de un
intocable.
Después del éxito de esta primera novela, Arundhati no pensaba seguir
escribiendo. Pero cuando la India anunció que iba a realizar pruebas
nucleares, y Arundhati vio que todo el mundo _ medios de comunicación,
escritores, pintores _ aplaudía este acto horrible, pensó que quedarse
quieta sería un acto político por omisión. No pudo aguantarlo y por esto
se decidió a escribir y denunciar la utilización de la energía nuclear con
fines bélicos en su libro El final de la imaginación.
Aunque Arundhati se considera ante todo una escritora, reconoce que
siempre ha sido una persona con inquietudes políticas. No puede quedarse
callada ante lo que está ocurriendo en el mundo y a su alrededor. Su toma
de conciencia empezó a una edad muy temprana, cuando tenía tres o cuatro
años. Su madre pertenecía a una pequeña comunidad de cristianos sirios de
un pueblo de la región de Kerala. Se casó fuera de su comunidad con un
hombre bengalí. Pero cuando su madre se divorció y regresó a su pueblo
natal con sus hijos, tuvo que vivir al margen de la comunidad, fuera de la
esfera de cualquier tipo de protección que esta sociedad ofrecía
normalmente a sus miembros. Arundhati cuenta que ella y su familia tenían
que hacer constantemente el esfuerzo por entender lo que pasaba, por
intentar sobrevivir y por no dejarse aplastar. Dice Arundhati que “cuando
pierdes la protección de la familia nuclear y tienes que ir sola por la
vida, la política se convierte en tu vida”. Cuando, más tarde, Arundhati
empezó sus estudios de Arquitectura, sabía que no iba a ser arquitecta. De
toda la carrera universitaria, lo que le llamó más la atención era ver
cómo las ciudades estaban diseñadas, con planes territoriales y
arquitectónicos, para excluir una parte de la población y convertirlos en
ilegales. Para ella todo esto creaba un mercado de “ciudadanos y de
no-ciudadanos”.
El activismo de Arundhati y su visión ética del mundo podrían resumirse
con sus propias palabras: “Existen otros mundos, otros tipos de sueños.
Sueños en los que el fracaso es posible. Honorable. Y a veces vale la pena
luchar por él. Mundos en los que el reconocimiento no es el único
barómetro de la genialidad y del valor humano. Hay muchos guerreros que
conozco y que amo, personas mucho más valiosas que yo. Van a la guerra
todos los días sabiendo de antemano que van a fallar. Es verdad, son menos
exitosos en el sentido vulgar de la palabra pero de ninguna manera son
menos plenos. El único sueño que vale la pena tener es soñar que vas a
estar viva mientras vives y muerta únicamente cuando mueres”.
Ella misma enumera los imperativos que guían su vida: “Amar y ser amada.
No olvidar nunca tu propia insignificancia. No acostumbrarse nunca a la
violencia innombrable y la disparidad vulgar de la vida que te rodea.
Buscar la alegría en los lugares más tristes. Perseguir la belleza hasta
en su guarida. No simplificar nunca lo que es complicado ni complicar lo
que es sencillo. Respetar la firmeza y no el poder. Y sobre todo, mirar.
Intentar y entender. Nunca apartar la mirada. Y nunca, nunca, olvidar”.
Desde entonces, sus luchas y resistencias se han multiplicado. Se opuso al
proyecto Narmada Dam por la construcción de presas hidroeléctricas sobre
el río Narmada en la India porque este proyecto iba a provocar el
desplazamiento de miles de personas que no iban a recibir compensaciones
ni disfrutar de los beneficios de este proyecto. En el año 2001 se declara
en contra de la guerra que inicia Estados Unidos en Afganistán como
respuesta al 11-S. Para Arundhati esta intervención bélica es moralmente
equiparable a los ataques del 11 de septiembre del 2001. Y en agosto del
2006 califica los ataques israelíes durante la guerra del Líbano de
“crímenes de guerra”.
Arundhati está también muy preocupada por las injusticias sociales que
sufre la población india, especialmente como consecuencia del sistema
tradicional de castas y de las divisiones políticas, étnicas y religiosas.
Una de las manifestaciones más graves de estas divisiones es la cuestión
de la lengua que se utiliza en las administraciones públicas. Por ejemplo,
en los tribunales, la lengua de referencia es el inglés cuando la gente de
los pueblos del interior del país no lo entiende. Por esto, cuando la
citaron en el tribunal por “corromper la moralidad publica”, ella decidió
representarse a sí misma sin abogado y escribir su defensa en un lenguaje
que la gente corriente pudiera entender. Su discurso se publicó en la
prensa y esto no gustó a las autoridades.
Éste es el trabajo de Arundhati: hablar el idioma de la gente para nombrar
a los que cometen las atrocidades, reconfortar a las personas que sufren y
abrir los ojos a los y las demás, todo ello sin perder jamás la esperanza
y la firme convicción que “otro mundo no es solamente posible, sino que
está en camino”.