ADERAL
Autor del diseño
ANNA POLlTKÓVSKAYA
MERCÈ RIVAS TORRES
Autora del texto
“La forma de protegerme es no mentir”
ESTADOS UNIDOS, 1958 – 2006
Hija de ucranianos que trabajaban en la sede de Naciones
Unidas, tenía la nacionalidad rusa. Se destacó por su actividad a favor de
los derechos humanos y por su oposición al conflicto checheno. A pesar de
recibir numerosos premios internacionales por su trabajo, murió el 7 de
octubre de 2006, el día del cumpleaños de Vladimir Putin, de un tiro en la
cabeza en el ascensor de su casa cuando regresaba de hacer la compra. Sus
presuntos asesinos fueron detenidos y en febrero de 2009 absueltos por
falta de pruebas. De forma póstuma, su labor fue reconocida con el Premio
UNESCO-Guillermo Cano de Libertad de Prensa.
En el momento de su asesinato trabajaba como corresponsal especial del
periódico Novaya Gazeta. Era conocida como “la conciencia moral de Rusia”.
De temperamento fuerte y firme ante sus convicciones, era una de las
mayores expertas en el conflicto de Chechenia. Fue mediadora en el asalto
al teatro Dubrovka de Moscú e intentó hacer lo mismo en la crisis de
Beslán, pero fue envenenada por el Servicio Federal de Seguridad (antiguo
KGB) cuando se trasladaba hacia allí.
Su cuarto y penúltimo libro fue La Rusia de Putin. En sus numerosas
presentaciones, siempre con un funcionario de la Embajada tomando nota de
todas y cada una de sus palabras, afirmó que “en Rusia, hoy en día, hay
pocos motivos para ser optimista”. En dicho libro acusaba al servicio
secreto ruso de reprimir las libertades sociales civiles para establecer
una dictadura al estilo soviético, al mismo tiempo que admitía: “Nosotros
somos los responsables de las políticas de Putin ya que la sociedad ha
demostrado una apatía sin límites. Sólo respetan al fuerte y devoran al
débil”.
“Para un periodista que trabaja en Rusia no hay ninguna protección
garantizada”, afirmaba en uno de sus últimos viajes. “Allí los
guardaespaldas no sirven para nada. La única forma de protegerme es que
nunca miento y que mi familia me apoya”.
“En Rusia hay un vacío de información que aleja a la muerte de nuestra
ignorancia”, denunciaba en sus últimos meses de vida, “todo lo que nos
queda es Internet. El que quiera trabajar como periodista o es servil a
Putin o puede pagar su activismo con la muerte, la bala o el veneno”.
Tras su muerte se publicó un libro que había dejado inédito, Un diario
ruso, en donde denunciaba de nuevo las “prácticas corruptas” de Putin y en
donde explicaba cómo fue envenenada, tras tomar un té, en el vuelo camino
de Beslán en septiembre de 2004 para intervenir en las negociaciones con
los terroristas chechenos con la finalidad de liberar a los rehenes
secuestrados en la escuela. Pero las fuerzas rusas tomaron el recinto con
tal violencia que el resultado fue 370 muertos, entre ellos 171 niños, 200
desaparecidos y cientos de heridos.
Un tanto desilusionada con el papel jugado por Occidente en el conflicto
checheno, ella pensaba que Europa no iba a permitir que la guerra de
Chechenia se enquistara, y que apoyaría al movimiento antibélico y
democrático, es decir a los sectores más críticos con Putin. Sin embargo,
esto no fue así. Anna planteaba que “no se puede decir que el movimiento
pacifista en Rusia haya sido aniquilado. Desde el principio fue bastante
débil porque no aglutinaba a toda la población. El movimiento que más ha
sufrido ha sido el democrático, que fue destruido en 2003 tras las
elecciones y solamente ahora cobra fuerzas para reivindicar el respeto a
los derechos humanos”.
No se mostraba demasiado optimista en cuanto al conflicto en Chechenia:
tras denunciar en numerosas ocasiones el papel represor de Rusia en este
territorio, consideraba que la política de Putin no permitía una salida al
conflicto de Chechenia. “No podemos considerar un éxito las reuniones de
paz que se celebraron en el Reino Unido entre chechenos y la sociedad
civil rusa, representada por las madres de los soldados rusos; pero es la
primera vez que los miembros de la resistencia chechena han podido hacer
públicas sus ideas de cómo es posible solucionar el conflicto. Esta
propuesta de los líderes chechenos incluye el compromiso, en caso de
tregua, de cesar las acciones terroristas. Simplemente se trata de
encontrar una solución para evitar el siguiente acto terrorista. Esa es
nuestra tarea hoy”, afirmaba con convicción.
“Estoy segura de que la solución al conflicto está en lo político, no en
lo militar. No porque yo sea más inteligente que los demás, sino porque
ésta es la realidad”, repetía en cada una de sus entrevistas. “El problema
es que el verdadero criadero del terrorismo checheno está precisamente en
los métodos que el Ejército Federal emplea en Chechenia. Cuando hablan de
que unos presuntos terroristas árabes incitan a los chechenos a la
violencia, se puede decir que es pura propaganda. Yo conozco muchas
familias en las que los jóvenes chechenos, que hace algunos años ni
imaginaban que iban a convertirse en kamikazes, ahora se están
radicalizando y planteando esa salida”.
Y con la seriedad y seguridad que le caracterizaba afirmaba que “lo que
tiene que ofrecer Rusia a los chechenos es una conversación de igual a
igual, como personas, no como marginados. En estos momentos los chechenos
viven en su país como en un campo de concentración y no hay ninguna
esperanza de que dejen de luchar para salir de esa situación”.
Opinaba que en Chechenia se estaba viviendo una “palestinización” del
problema. “Y a pesar de eso no puedo contestar de forma unívoca si
Chechenia quiere ser independiente o no. Las infraestructuras están
destruidas. Los chechenos llevan en guerra 10 años. Las refinerías que son
la base de la industria chechena están destruidas. Es un país plagado de
bandas criminales formadas por ex militares del Ejército Federal mezclados
con los combatientes chechenos que se dedican al pillaje y a vender el
petróleo que pueden encontrar”, denunciaba.
Ferviente militante del diálogo, creía que la alternativa pasa por las
negociaciones duraderas, aunque sean difíciles, y el intercambio de
criminales de guerra, que existen en ambos lados. “Estas personas tienen
que estar alejadas del terreno de las negociaciones. Mientras no se alejen
es difícil hablar. Hablo de juzgar según la ley, averiguar en qué
consisten sus crímenes y darles un tratamiento jurídico. Si no existe este
intercambio, pocas cosas podríamos conseguir”.
Su primer trabajo importante fue como redactora del periódico Izvestia en
donde permaneció entre 1982 y 1993. Tras pasar por la Obshchaya Gazeta,
desde junio del 1999 hasta el momento de su muerte trabajaba para Novaya
Gazeta, revista de edición quincenal. Debido a sus reportajes de
investigación, recibía continuamente amenazas de muerte.
A lo largo de su vida periodística, se dedicó sin descanso a dar
testimonio de las violaciones de los derechos humanos y de los abusos que
se cometían en Chechenia y en otras regiones rusas del Cáucaso Norte.
Publicó varios libros, Una guerra sucia: una reportera rusa en Chechenia,
Un pequeño rincón del infierno: crónicas desde Chechenia, entre ellos, en
donde explicaba cómo los ciudadanos eran torturados o asesinados y cómo de
muchos de ellos no se conocía su paradero. Una de sus últimas
investigaciones giraba en torno al supuesto envenenamiento masivo de
cientos de niños chechenos por una sustancia química desconocida que les
provocó discapacidades durante meses.
En una conferencia de prensa organizada en Viena en el 2005 por Reporteros
Sin Fronteras declaró que “la gente a veces paga con su vida el decir lo
que piensa. De hecho, en Rusia una persona puede ser asesinada por haberme
proporcionado información. No soy la única que está en peligro”.