María Bernabela Herrera Sanguinetti, más conocida como Belela, nació en
Montevideo. Licenciada en Sociología por la Universidad de Chile, desde
1973, año en que Pinochet dio el golpe militar en Chile, trabajó en el
Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) en
Argentina, México, Perú, Brasil y Chile así como en otros países del
Caribe. Fue subdirectora de la División de Derechos Humanos en una misión
de Naciones Unidas en El Salvador y trabajó como observadora de derechos
humanos en Haití y más tarde ejerció de observadora internacional en las
primeras elecciones sudafricanas En el 2005 llegó a ser vicecanciller de
Uruguay junto al canciller Reinaldo Gargano.
Madre de cinco hijos y abuela de 12 nietos, regresó a su país, Uruguay, una
vez recuperada la democracia y asumió la Secretaría de Relaciones
Internacionales del Frente Amplio, después pasó por el Ayuntamiento de
Montevideo y finalizó su carrera en la vicecancillería.
Al llegar a este importante puesto se sentía orgullosa de que su presidente,
Tabaré Vázquez, hubiese pensado en tantas mujeres para puestos de
responsabilidad: “Tenemos mucha esperanza de que éste sea el Gobierno de
la transparencia, del respeto a los derechos humanos y de la sensibilidad
ante la pobreza teniendo en cuenta que la mitad de la población se
encuentra en esa situación y un 14% tiene que vivir fuera del país. Es
realmente impactante”, se conmovía en esos emotivos momentos Belela.
Todavía hay muchas personas en Chile que recuerdan su paso por ese país. Con
un sencillo Fiat 600 consiguió poner a buen recaudo en diferentes
embajadas a numerosas personas perseguidas por los militares chilenos.
“Simplemente cumplía con el mandato del ACNUR, proteger la vida de los
refugiados”, comentaba cuando le hicieron un homenaje en el Teatro El
Galpón. Ese día Belela recordó con emoción a esos más de tres mil
detenidos-desaparecidos que hubo en ese país. Pero asimismo muchos
chilenos recuerdan su actividad imparable consiguiendo salvoconductos para
que los perseguidos pudiesen huir del país. Ana Varela, directora del
SEDHU (Servicio Ecuménico para la Dignidad Humana) afirmaba en dicho
teatro que eran miles las personas que Belela salvó en los momentos más
duros.
Y es que esta uruguaya abrió sus ojos a la realidad de América Latina tras
el golpe militar de Pinochet en Chile: “Vi el horror inimaginable, a miles
de personas asesinadas o huyendo de la tortura y la desaparición. Sentí
dolor en las entrañas”. Esta mujer de pequeña estatura pero con muchísimo
carácter llegó a Chile acompañando a su marido, embajador de Uruguay en
ese país.
Paralelamente al golpe en Chile, Uruguay, la denominada Suiza de América
Latina, vivía otro acontecimiento parecido por su violencia y crudeza. Las
Fuerzas Armadas tomaron el poder y sumieron a ese pequeño país en un túnel
similar al de Chile o Argentina. Comenzaron las detenciones y torturas, ya
que todos los ciudadanos pasaron a ser sospechosos “de subversión”, como
denominaban los nuevos gobernantes. Más tarde esos detenidos pasaron a ser
desaparecidos.
Belela recuerda cómo muchas mujeres embarazadas detenidas tuvieron que ver
cómo les arrebatan sus bebés en el mismo momento del parto o cómo se
allanaban casas sin orden judicial, se llevaban a cabo interrogatorios sin
plazos o cómo los militares juzgaban a los civiles en el mejor de los
casos.
Se calcula que hubo más de 15.000 presos políticos, así como cientos de
detenidos-desaparecidos, en un país de tan sólo tres millones de
habitantes, que participó en la denominada “Operación Cóndor” (plan ideado
por la policía y los militares del Cono Sur para coordinar sus trabajos de
represión).
Belela se entristece al pensar cómo se malvivía en un mundo silencioso,
lleno de temor y miedo. O cómo una familia podía desaparecer sin dejar
rastro. “Eso era un Estado totalitario”.
Por eso sigue convencida que el ACNUR debe mantenerse “en alerta y
vigilante, porque lamentablemente, nuestro continente no se ve libre de
las situaciones que nadie querría volver a vivir nunca más”. Y cuando dice
“nunca más” lo hace con gesto de fuerza.
Tras haber trabajado en Haití como miembro de Naciones Unidas visitó este
país como vicecanciller del Ministerio de Exteriores para defender la
presencia de tropas uruguayas para consolidar la paz y “fortalecer el
clima de seguridad del país y crear así las bases de su desarrollo a largo
plazo”, dentro de una misión de la ONU.
“Los derechos humanos de los ciudadanos tienen que ser velados por los
Estados y en este continente fueron violados sistemáticamente por las
dictaduras”, denuncia con amargura, “pero hoy en día con democracia hay
que seguir velando por esos derechos en las cárceles y en la vida social
para que los jóvenes no se vean obligados a emigrar”.
Belela dedicó 17 años de su vida a los refugiados, que, tal como los define
Naciones Unidas, son todas aquellas personas que por razones políticas,
religiosas y étnicas tienen que abandonar su país, ya que su vida corre
peligro.
Desde su retiro en Montevideo define su trabajo con los refugiados como “una
opción de vida”. “El grito de los desaparecidos, esa conciencia desgarrada
de nuestro continente, es lo que nos convocó a esa lucha por la justicia y
la paz”, añade.
Todavía recuerda los años ochenta en Centroamérica con “los campesinos
huyendo de sus humildes chozas que ardían, buscando refugio en los países
vecinos”.
Belela, a pesar de su valentía y coraje, no duda en asegurar a sus 88 años
que no habrá paz sin justicia, memoria y solidaridad. Y añade: “estoy
segura que siempre habrá hombres y mujeres que intentarán conseguirlo con
más democracia, más cultura y más tolerancia”. En un encuentro celebrado
en Buenos Aires sobre la Alianza de Civilizaciones, Belela planteó “la
vulnerabilidad” que viven muchas mujeres latinoamericanas que tienen que
emigrar por falta de trabajo. Ella afirmó que las mujeres son "buenas para
comprender las diferencias y generar alianzas con lo diferente", lo que
implicaría allanar algunos caminos para el entendimiento. Se siente
identificada con el hecho de construir un espacio de diálogo continuado,
pero reivindica que en estas tareas ha de participar básicamente la
sociedad civil.
CLAVES PARA ILUSTRACIÓN
- Las mujeres “son "buenas para comprender las diferencias y generar
alianzas con lo diferente", lo que implicaría allanar algunos caminos de
entendimiento. El hecho de construir un espacio de diálogo continuado pero
que en estas tareas participe básicamente la sociedad civil
- El grito de los desaparecidos, esa conciencia desgarrada de nuestro
continente es lo que nos convocó a esa lucha por la justicia y la paz”
FUENTES
Entrevista
Alto Comisionado de Naciones
Unidas para los Refugiados
Presidente de Uruguay
Derechos
Humanos. Uruguay